Nadie recuerda cuándo apareció La Tumba por primera vez. No hay registros, ni leyendas, ni memoria humana que la sitúe en la historia. Solo se sabe que no está en nuestro mundo. Está más allá del tiempo y el espacio, en un pliegue de la realidad donde las leyes del cosmos se retuercen.
No tiene cimientos ni cielo, no envejece ni cambia… y sin embargo está viva.
El lugar se manifiesta solo cuando alguien pronuncia la invocación correcta. No hay portales, ni trenes, ni entradas físicas. Los alumnos son arrancados de sus vidas sin previo aviso: un parpadeo, un sueño, una sombra… y despiertan aquí.
Nadie elige llegar a La Tumba. La Tumba elige.
El colegio está formado por edificios que parecen moverse cuando nadie los ve. Pasillos que ayer llevaban a la biblioteca hoy conducen a un pozo sin fondo. Las habitaciones se reconfiguran como si tuvieran conciencia propia.
Dicen los grimorios más antiguos que La Tumba nació del pacto de cinco voluntades incomprensibles, cinco entidades cuyo poder trasciende la creación misma. En el silencio antes del tiempo, cuando las estrellas aún no sabían brillar, los Primigenios sellaron un acuerdo: un lugar neutral, un santuario entre planos donde sus voluntades pudieran converger sin destruirse mutuamente.
Así surgió La Tumba, una institución imposible suspendida entre dimensiones. No fue construido. Fue soñado al unísono por horrores que no deberían existir.

Shub-Niggurath
La Cabra Negra de los Mil Vástagos, otorgó el pulso de la creación infinita, la semilla que engendra sin cesar.

Azathoth
El núcleo ciego del cosmos, cedió al latido del caos absoluto, la chispa sin la cual nada puede ser.

Nyarlathotep
El Caos Rastrero, aportó el puente entre los mundos, la máscara capaz de caminar entre lo incomprensible y lo humano.

Cthulhu
El que duerme bajo los mares de la mente, aportó el llamado profundo, la conexión entre los planos.

Hastur
El Rey de Amarillo, trajo el signo del orden en la locura, el límite que permite que el caos tenga forma.